lunes, 10 de noviembre de 2014

Una humana en un departamento vacío

“Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería”.


Aún quedan sus pelos. En la ropa, en los muebles, en mi cama. En los sillones y los cojines. Debajo de los muebles, en los guardapolvos. En los rincones y ranuras donde me cuesta maniobrar la aspiradora. Me quedan los pelos y su collar. Una correa de cuero –o imitación de cuero o cuero ecológico- rojo, con un pañuelo coqueto en rojo y blanco. Lo elegí porque se veía bonita con ese collar, en armonía con sus propios colores.

Alguna vez una de mis tías dijo que los gatos colorines traían suerte. Me acordé de eso poco tiempo después que llegó la Betina, y por si las moscas, por si las supersticiones resultan ser verdades concretas, jugué algunas veces el Loto con patéticos resultados. Aunque también me gané un bolso y un secador de pelo en una rifa en la pega. Y 600 pesos en el Kino que me compré la semana pasada, la última que viví con ella.

Mala suerte en el juego, excelente en el amor de las gatas colorinas. Estoy segura de que la Betina me amó o al menos, me dio amor desde la primera vez que nos vimos. Apenas entré a la gatera para mirar a los mininos. Sus insistentes maullidos me atraparon en segundos y solo tuve ojos para ella.

Fue un fulminante amor a primera vista. Antes de que abrieran la jaula para que pudiera tomarla. Y ya estaba totalmente enamorada cuando la dejé en el suelo y caminó hasta las jaulas de los cachorros, que la llamaron apenas la vieron desplazándose libre.

Antes de conocerla, pensé que la llamaría “Dama” por una canción. Sin embargo, ella se llamaba Betina, un nombre que jamás se me habría ocurrido ponerle. Y lo conservó porque tenía cara de Betina, y cuerpito de Betina y ronroneaba como Betina, mostraba su guata de Betina y sus prrrr prrrr y sus miau miau eran  prrrr prrrr y miau miau de Betina.

Pasaron tantas cosas entre ese 11 de enero y el 4 de noviembre. Todas durante este 2014. Cosas lindas como una gata entrando en un departamento semi vacío, una gata moviendo sus bigotes y oliendo ese nuevo espacio. Una gata saliendo al balcón y reconociendo una nueva caja de arena. Una gata pasando de largo por la camita que le compré, una gata subiéndose rauda a la mía, acomodándose a mi lado, desde donde no se movió prácticamente jamás. Una gata ronroneando, subiéndose a mi regazo, pasando su lengua de lija por mi brazo, como si mi brazo fuera su gatito bebé.

Y pasaron también las noches de maullidos de bienvenida, la insistencia de restregarse contra mis piernas apenas yo entraba a casa, el afán de no quedarse tranquila hasta que la tomara en brazos, rascándole el cuello y la cabecita. Las juntas con amigas donde ella maullaba como si estuviera opinando, mientras se acomodaba con desparpajo en las piernas de alguna visita. Y el cariño que me dio con total generosidad, abriéndome su precioso corazón y aceptándome tal y como soy. Limpiándome penas añejas y dándome nuevos bríos.

Pero hubo también cosas feas, como la pérdida de apetito, la fiebre fulminante de un día de octubre, la lucha para suministrarle un tratamiento de diez días de antibióticos. Su agotamiento y respiración agitada del 1 de noviembre, su última vez en el hogar. Y la tarde triste y del terror en un hospital veterinario durante un feriado, el día después de Halloween. Y la angustia por encontrar un gatito que nos regalara sangre para transfusión el domingo. Y el miedo de lunes por la mañana por tres diagnósticos infames relatados por teléfono. Y el agobio de una conversación en persona con la veterinaria, el lunes por la tarde, cuando vi una radiografía donde aparecía el corazón de Betina, inmenso, mientras una voz me explicaba el tremendo esfuerzo que estaba haciendo el cuerpecito de mi gata para mantenerse con vida.

Ese lunes tuve la certeza de que se iba a morir. Pude verla un ratito en la tarde. Abría por ratitos la caja de plástico donde la tenían para mantenerla oxigenada, instantes en que me acercaba la cabecita o el cuello para que se los rascara. Esa tarde y durante la mañana del martes, mi gata dio la pelea. Hasta el mediodía, cuando bajó los brazos.

Han sido duros estos días sin ella. Duros porque me acuerdo de sus maullidos, sus ronroneos, sus siestas al lado mío, su emoción al notar que estaba cocinando atún, carne o pollo. Y también porque a ratos no me acuerdo de que está muerta y hago el amago de salir al balcón, a limpiar al arenero. O miro bajo el mesón y ya no está el pocillo con pellets. Y en las noches el sueño se me esconde porque falta la que ronronea.

Es triste y por eso –a riesgo de sonar cursi o ingenua- me aferro a la idea de que los gatos tienen siete vidas. Pienso que la Betina quizás solo se ha gastado una, que le quedan otras seis, porque podrían ser seis nuevas posibilidades de volver a encontrarme con ella.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un abrazo tibio y apretao para tí cole... Marcelo Gonzalez.

Cristian dijo...

Hola, yo soy Cristian, antes nos comentábamos en blogs y ahora sigo leyendo -de intruso-. Siempre me gustó cómo escribías, pero ahora me conmoviste mucho, casi hasta las lágrimas, literalmente. Con mi señora tenemos dos gatitos en el departamento, y a mí (que siempre fui más amigo de los perros) me sigue sorprendiendo cómo ellos son capaces de generar un ambiente de hogar tan hermoso con sólo estar ahí presentes, ronronear, regalonear, y también con sus desórdenes y tonteras. A los míos los adoro como hijos, así que leer lo que te pasó me dio un dolor tremendo.

Creo que sólo los que somos suficientemente locos como para querer así a un animal, podemos entenderlo bien. Sabemos que tal vez no sea racional, pero es un amor tan puro, incondicional e ilimitado, que realmente no vale la pena racionalizarlo. Y un amor así se disfruta y se atesora, tal vez porque uno sabe que tiene que doler en algún momento, y éste fue el momento, esta tristeza tan grande.

Un abrazo enorme no más, y mis simpatías ante estos momentos tan tristes. Ojalá pronto algún otro gatito vuelva a llenar tu departamento de alegría. No será lo mismo que la Betina, pero seguro a ella le gustaría verte acompañada por un "colega", y contenta de nuevo! :)